Mostrando las entradas con la etiqueta Sevilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sevilla. Mostrar todas las entradas

Las dos caras de la noticia

19 siseos

Leo en un periódico una noticia que, por cuestiones personales, me toca muy de cerca y cuya redacción podría haber sido otra muy distinta.
Como, al parecer, está todo claro y nítido, os adjunto la redacción que habría sido publicada en el "Diario del Bosque" (si lo tuviésemos):
Detención ilegal y abuso de autoridad
Un joven especimen de culebra, que responde a las iniciales R.P., ha sido detenido de forma ilegal en Sevilla y sigue retenida en dependencias municipales sin mediar ninguna acusación formal contra ella.
R.P. estaba tomando el sol tranquilamente, calentando su sangre enroscada a los pies de un pequeño árbol cuando percibió que se formaba un pequeño revuelo a su alrededor. Al principio se trataba de un humano que armado con el palo de una fregona la azuzaba, incordiaba y acosaba sin razón aparente. La respuesta de R.P., de forma muy prudente, no fue otra que instalarse en una zona más alta y obviar la actitud del humano.
Pasado un rato fueron dos policías municipales quienes se acercaron y, sin atender a la actitud pacífica y despreocupada de la culebra, comenzaron a molestarla y tratar de atraparla. Nuevamente, el reptil optó por la huida y el rechazo a cualquier enfrentamiento, por lo que huyó del lugar buscando refugio al abrigo de unos arbustos cercanos.
Pero ante esta nueva demostración de elegancia y saber estar por parte de la pacífica culebra, acudieron más refuerzos para ayudar a los humanos y una dotación de bomberos la hostigó, haciéndola salir de su escondite, para acorralarla y apresarla.
Al cierre de la presente edición, y a pesar de no haberse presentado cargos contra la desdichada culebra, ésta permanece retenida y bajo vigilancia en las dependencias municipales zoo-sanitarias (me pregunto si esto será algún tipo de psiquiátrico u hospital carcelario) a la espera de la decisión de la autoridad competente.
No es la primera vez que se producen abusos de este tipo en un país que se autoproclama "democrático" y en el que cientos de animales cada año son encarcelados o expulsados de sus casas de forma arbitraria y totalmente injusta sin que exista ninguna instancia judicial a la que recurrir.

La feria de Sevilla (III): La feria del guiri

16 siseos

Si ayer vivimos la feria como un auténtico sevillano, hoy vamos a seguir las andanzas de un guiri por la feria.
Entiéndase por guiri a cualquier forastero que no conoce a nadie en Sevilla y que se acerca a vivir la juerga y el cachondeo mundialmente conocido y que los sevillanos somos los primeros en difundir a los cuatro vientos.
Comienza el guiri acercándose al recinto ferial y ya antes de entrar en lo que el Real se topa con los puestecillos de los alrededores en los que, en un impulso irrestible, decide fusionarse con el entorno, vivir la fiesta desde dentro y cumplir con todas las tradiciones. Por eso se compra un sombrero cordobés de plástico (ellos de color negro y ellas de color rojo). ¡Eso es mimetismo!.
No encontrarás por toda la feria a un sevillano portando tan llamativos complementos, por lo que el supuesto mimetismo se convierte en la señal inequívoca de "ahí va otro guiri".
Lo primero es contemplar la portada. Magnífica construcción efímera, muy decorada, con miles de bombillas que lucirán horas después mostrando a la portada en todo su esplendor.
Las hileras de casetas adornadas, los caballistas vestidos de corto, un enganche de 6 caballos engalanados con primor, las flamencas, los bailes, el bullicio: ¡Tal y como lo habían imaginado!.
La estampa más costumbrista de una Sevilla expuesta al escaparate mundial y ellos están ahí: ¡Ya estamos en la feria de Sevilla!.
Tras cruzar el arco de la paortada cual emperador romano en su victorioso regreso, se mezclan con la bulla general.
La primera sorpresa es la total imposibilidad de transitar por las calles en una dirección predeterminada. Las calles están literalmente tomadas por millares de caballos, tiros, enganches y demás medios de transporte por tracción equina.
Cruzar de una acera a otra se antoja imposible, hay que apartar a los caballos, empujar grupas y sortear hocicos babeantes y amenazantes, con pavor a recibir un bocado o una coz. En el primer intento, van notando cómo el suelo parece tener poca consistencia y transmitir cierto calorcillo a los tobillos, pero no se atreven a mirar hacia abajo hasta haber completado la peligrosa misión.
Una vez en la otra acera, descubren que han pisado un mínimo de 4 boñigas de caballo. Con una mirada cómplice, los guiris acuerdan no volver a cruzar de acera.
Ahora viene lo bueno, ¡estamos en la feria!. Las casetas llenas, el sol dominando todo el paisaje, ese suelo de arena amarilla tan característica, las mujeres con sus trajes típicos bailando...
Es hora de entrar a una caseta y tomar una copita de fino.
¿Entrar en una caseta? En cada una de laas que se acercan ocurre lo mismo: Un securata les impide el paso y les solicita el carné de socio. ¿Carné? ¿qué carné? ¿Pero la feria no es libre?.
Pues no.
Aclaración: Las casetas las montan particulares que pagan una cuota durante todo el año para sufragar los gastos de montaje, desmontaje, compra de enseres, alquiler de guardamueble, transporte de ida y de vuelta, los derechos de montaje al ayuntamiento (que es una pasta, oiga), luz, agua, teléfono,... y muchas cosas más para tener un lugar donde sentarse a comer, beber, bailar y refugiarse del sol durante la feria y ahora no se me va a llenar la caseta de guiris para que yo no pueda entrar. La feria es de todos, pero mi caseta es mía.
Nuestros guiris han dado varias vueltas a la manzana y están hartos de no poder entrar a ningún sitio y observar cómo se divierten los demás, los pies empiezan a quejarse, ese polvillo amarillo que flota en el aire se pega al fondo de la garganta y comienza a ser muy molesto, el sol pega de pleno y hace un calor de narices, la camisa está completamente empapada, la cabeza hierve por el maldito plástico del sombrerito y se clava en la frente como una corona de espinas.
Para mayor indignación, en más de una caseta han observado cómo la gente entra libremente con un simple saludo al securata, pero en cuanto ellos se acercan, el guarda se interpone entre ellos y la entrada y vuelve con lo de: "¿el carné de socio, por favor?" (una pista, el sombrerito cordobés de plástico y la cara de despiste cantan bastante).
Al fin, agotados, acalorados, secos y hambrientos se deciden a preguntar a uno de estos porteros por una caseta en la que puedan entrar. La respuesta les hace renacer las esperanzas y les sube el ánimo: "Sí, en las casetas de distrito, que son de entrada libre".
Las miradas vuelven a brillar, el flamenqueo les corre por las venas y la cosa no parece tan grave como hace 5 minutos. ¡Vamos a una caseta de distrito!.
Hay 5 casetas de distrito montadas por el ayuntamiento y hacia una de ellas se dirigen nuestros guiris. Se arman de valor y cruzan varias calles siguiendo el plano facilitado por el hotel y se acercan a la más cercana.
¿Qué es lo que sucede en esta calle? ¿Es una manifestación? ¿Ha ocurrido alguna desgracia en esa caseta? Cuando están más cerca descubren que ésa es la caseta de distrito y que no ocurre nada especial, salvo que está tan llena que la gente invade media calle.
¡Uy, esta está llena, vamos a otra que esté más despejada!. Pero la misma situación se repite y en el tercer intento, el hambre, la sed y el picorcillo de la garganta han envalentonado a los pobres guiris y deciden que entrarán en esta misma, que ya no andan más entre el bullicio y no soportan a una gitana más ofreciendo claveles, servicios quirománticos, ramitas de romero o estampitas del Gran Poder y la Macarena, que hay que ver que van hacia ellos en bandada y no les dejan dar tres pasos seguidos.
Entre empujones, pisotones y codazos consiguen entrar en la caseta, pero no encuentran la barra dónde pedir ese finito.
Al fondo de la caseta se ve una auténtica muralla humana y de ella ven salir, de vez en cuando a alguien cargado con un par de botellas y un plato con algo de comida. "Por allí resopla" dice uno de ellos con algo de humor. Y se introducen en ese monstruo de cuerpos apretujados.
Los graciosos sombreritos están completamente destrozados, las alas rotas, el interior empapado en sudor y alguno ha salido volando durante el asalto a la barra, pero se han hecho un huececito y lo defienden con valentía numantina. Los camareros van y vienen y ninguno hace caso a los discretos intentos de llamar su atención. Terminan por agarrar el cuello de uno que se acerca desprevenido y piden lo primero que se les ocurre:
- Una botella de fino y una ración de jamón. - No hay fino - ¿Cómo que no hay fino? ¿en la feria de Sevilla? ¿entonces esas botellas de qué son? - Manzanilla de Sanlúcar - Entonces una botella grande de eso.
Por fin, entre codazos y habiéndose derramado encima varias copas pueden disfrutar de la feria, una copa de manzanilla y una tapita de jamón. ¡Qué rico!
Ya que han pillado la técnica la repiten varias veces. Las botellas llegan enseguida, pero el jamón tarda un poco más y el pan viene una cestita por cada tres platos. Además del jamón se atreven con una ración de pescaito frito, y un platito de caldereta, cuya salsa termina en la pechera de uno de los guiris por un empujón a traición.
En la caseta hace un calor asfixiante, no se puede mover uno, no paran de recibir empujones y codazos, pero, al menos, han comido y bebido algo y una vez satisfecha esta necesidad básica, se opta por pagar la cuenta y dar otro paseo porque esa bulla es ya insoportable.
Aquí viene un punto de inflexión en la aventura: la cuenta
- ¡¿Cuánto dice?! - ¡Estamos en feria, caballero! - ¿Cuánto vale la manzanilla? - 18 € - ¿Las 6 botellas? - N0, ¡cada una!, más 20 € cada ración de jamón, 25 € la del pescaito y lo demás... Los vapores del alcohol se diluyen rápidamente (esta es la razón de que la manzanilla en feria no emborrache, se te quita la tajá de golpe al sacar la cartera).
Menos mal que durante la guerra de codazos y pisotones para alcanzar la salida se les olvida el sablazo recibido porque la supervivencia física es más importante que la económica.
Nuevas vueltas por la feria, de calle en calle, de caseta en caseta, pero siempre observando desde fuera.
Ahora toca ver eso que llaman "la calle del infierno" y hacia allá que se dirigen.
Nada más pasar la última fila de casetas entraron en un mundo inimaginable. Los sonidos, bocinas, pitos, llamadas y músicas se entremezclan en una algarabía insoportable que hacen totalmente imposible cualquier intento de comunicación hablada. Al principio se intenta hablar para consensuar hacia dónde dirigir los pasos, pero no funciona y el "grito pelao" resulta casi imperceptible y a la tercera palabra termina de irrritar la ya castigada garganta.
El instinto de supervivencia hace que pronto toda comunicación sea meramente gestual indicando un camino y señalando una atracción o puestecillo.
Por supuesto, no puede faltar un paseo en la noria para disfrutar de una vista general de toda la feria y lagún que otro "caharrito" que desprecie las leyes de la gravedad.
Es en este preciso momento cuando toda la manzanilla bebida decide hacer efecto a la vez y la conjunción de las fuerzas centrípetas, centrífugas, gravitacionales y estomacales provocan una vomitona en alguno de los guiris (esto es una ley no escrita de la feria: "en todo grupo de guiris hay, al menos uno, que vomita").
La visión del jamón y el pescaito a medio digerir provoca el malestar generalizado en el grupo y, siempre por señas, acuerdan salir de ese infierno y volver al Real.
Se alejan del estruendo de la calle del infierno y vuelven a pasear por entre las casetas, pero en los oidos sigue sonando (y seguirá durante un cuarto de hora más) el guirigay entrmezclado de: "la tómbola - uuuuuuh - el auténtico tigre de bengala - aaaaaaagh - pipipipiiiiiiiii - siempre toca señoraaaaa - otra tostadora que regalamos - ni una shola palaaabra - no pares, sigue sigue - el auténtico gofreeeeee"
Las calles están ahora vacías de caballos y enganches y la gente anda por las calles libremente y ellos bajan de la acera para caminar con más espacio. Por el zumbido de los oidos no perciben un vehículo que se acerca por detrás y aparece un camioncito amarillo muy gracioso que va regando las calles y apartando las boñigas de caballo hacia las alcantarilas de los laterales. El agua les salpica hasta las rodillas y las cómodas zapatillas quedan totalmente empapadas y cubiertas de una especie de cieno que, mirado con atención, tiene restos de boñiga, albero, vomitona, sudor, manzanilla, salsa de caldereta y agua como elemento aglutinador.
El estómago advierte de que las necesidades alimenticias no están cubiertas, ni mucho menos, por lo que parece el momento de volver a luchar por la comida en una de las casetas de distrito.
El ambiente ha cambiado en la caseta, sigue igual de llena o más, pero la música que suena no son, para nada, sevillanas. Las canciones de Camela, Paulina Rubio, AC/DC, Los Chichos, Rosario Flores se van sucediendo en un concierto imposible. Además, se percibe una humareda que ahora, en lugar de amarillenta es más bien blanquecina.
Llegar hasta la barra cuesta menos, porque ya conocen la técnica, dejarse atrás la camisa les dá igual y meten los codos en las costillas sin ninguna compasión.
Sabiendo ya cómo las gasta la carta de precios, se tirán más por la tortilla de papas y los pimientos fritos que por el jamón y el pescaito. La manzanilla no ha dejado un buen recuerdo y mejor rebajarla con refresco, por lo que se decantan por unas jarrita de rebujito.
Manteniendo firme la posición consiguen alimentarse mejor, no beber tanto y controlar el presupuesto en un nivel admisible. Parece que empiezan a dominar la fiesta.
Pero se ven asaltados por una risa floja, el humo que flota en el aire es muy rico y se percatan de un extraño mercadeo a su alrededor con pastillitas de todos los colores.
Al salir a la calle (con un ciego de porro curioso) no ven las casetas de enfrente. Si antes había gente en la feria, ahora parece que la humanidad entera se ha teletransportado a esas calles de casetas.
Pero tranquilos, no es toda la humanidad, tan sólo ha venido medio Madrid a sumarse a los dos millones de personas que ya había metidas en la feria.
Resulta totalmente imposible andar por las calles, todas las casetas están a rebosar, en un metro de tablao hay 3 parejas bailando sevillanas metiéndose los dedos en los ojos y dándose codazos en la espalda: ¡es viernes de feria!
Es hora de volver al hotel, así que van a "la parada" de taxis de la feria (porque sólo hay una) y cuando se acercan un siseo estruendoso les llama la atención: "eh, eh, eh, esos guiris, ¡a la cola!"
La cola se sale de la feria y tardan unas tres horas y media en que les toque el turno para dirigirse al hotel y caer rendidos en la cama.
Al día siguiente, no puden movers a causa del dolor de pies, las agujetas, los moratones en el cuerpo, una capa de sudor amarillo que se ha secado y un barro seco que les cubre los pies hasta el tobillo pero ¡hemos estado en la feria de Sevilla!
Epílogo
Una vez en casa enseñaran a vecinos y amigos unas fotos estupendas de caballistas vestidos de corto, mujeres de flamenca bailando, niños graciosísimos con el traje típico, alguna foto propia junto a un enganche precioso (y el sombrerito cordobés de marras puesto) y "aquí la señora que se animó y hasta bailó unas sevillanas", despertando la envidia de todos que dirán: "el año que viene vamos nosotros sin falta" a lo que los feriantes añadirán: "sí, sí, no os lo podeis perder, te lo pasas..." y esbozará una sonrisa de complicidad que esconde mucha malicia.

La feria de Sevilla (II): Una víbora en la feria

10 siseos

Comienza la jornada de feria a las 15:00 horas, cuando se sale del trabajo (porque en feria no hay ningún festivo, se "trabaja" de lunes a viernes).
Lo primero es tratar de llegar con el coche hasta la feria. Esta fase es muy divertida, porque el ayuntamiento se dedica a cerrar todos los accesos menos uno, para que no nos perdamos y vamos en filita, juntitos, aglomeraditos, y acordándonos de los muertecitos del alcalde, el concejal de tráfico y el guardia que está en la esquina. Pero ¡es feria! (esto es como lo de son fallas que contaba Galahan)
Por fín, llega uno al aparcamiento de la feria, encuentra un sitio, aparca y... espera el autobús. Sí, de donde dejas el coche hasta la feria hay que coger el autobús que te deja al principio de la calle del infierno. De ahí a la caseta aún te quedan 15 minutos andando entre la multitud.
Por fín, sobre las 16:30 llegas a la caseta, donde familia/amigos están esperandote y encima te dicen que ¡siempre el último, llevamos una hora esperándote!. A lo que lo único que puedes replicar es: "ponme una copita de manzanilla que vengo seco" y como ¡es feria!...
En la caseta, una botella de manzanilla te la sirven en 10 minutos, cualquier otra cosa tardará unos 30 minutos y la comida entre 50 y 75 minutos. Cuando llega el jamón, tienes un pedo que no te aguantas. Porque la manzanilla entra muy bien fresquita, pero no nos engañemos: es alcohol y se sube, antes o después se sube (si lo sabré yo), pero como ¡estamos en feria!.
A las 17:30 has tomado tres botellas de manzanilla, 5 cervezas, una tapita de jamón, 10 picos, 2 cucharadas del guiso del día, otras 2 botellas de manzanilla, un montadito de lomo, 2 jarras de rebujito, 3 gambas, una coca cola y una cuña de tortilla de la que la mitad se te ha caido al suelo. Entonces siempre está el gracioso (normalmente graciosa) que tiene un amigo, primo o pretendiente con coche de caballos y sugiere: "Ahí está fulanito con el coche, ¿damos un paseo?" y claro, ¡como es feria!
Nos apretujamos un puñao en un cabriolé diminuto, a pleno sol, y nos incorporamos a un atasco perenne y perpetuo a la velocidad punta de 10 metros/hora. Huele a caballo, el sky del asiento se te pega como una segunda piel, un caballista mete dentro el hocico de su caballo y te llena de babas, la corbata impide el riego sanguíneo al cerebro y, encima, se ponen a cantar sevillanas y como tú no tocas las palmas (porque no puedes mover ni una ceja) eres un soso, ¡que estamos en feria, anímate!.
A las 20:00 termina la hora del paseo a caballo y te bajas del cabriolé, te despides con cariño de la media espalda que dejas en el sky del asiento y vuelves a la caseta andando (unos 50 metros) y nada más entrar te metes dos jarras de rebujito entre pecho y espalda para regular la temperatura corporal.
Como la cosa está animada, es la hora de cantar y bailar y como aquí las guitarras las guardan bajo el sobaco, siempre sale una y te largan eso de: "víbora, arráncate con la de chaparrones de mayo". Y con la garganta seca por el calor, el alcohol, el tabaco y los kilos de albero que flotan en el ambiente se fuerza lo que se puede y se comienza con las sevillanas mientras notas perfectamente como las cuerdas vocales se van deshilachando, y cada dos por tres te pegas un copazo de manzanilla para aclarar la voz, pero ¡es la feria!.
A las 21:00, tratando de evitar el quedarte mudo para el resto de tu vida, optas por el baile y a la segunda ya estás empapado, otra vez, en sudor, por lo que entre cada palo te arrimas un copazo de rebujito.
Son las 22:00, entonces viene la frase filosófica: “amo a da un paceo hasta la ca-ca-cazeta der commmmbaddre que noz ezzzpperraba para zzenarrr”.
La caseta del compadre suele estar en la otra punta de la feria y te incorporas a una marea humana que te va llevando en volandas de calle en calle sin importarle si es tu camino o no.
En alguna caseta pasas cerca de la entrada y te ve Paquito el proveedor, o Manolo el del barrio, o Juan el primo del cuñao del vecino del que te vende el cupón y todos (que andan como tú de aliñaditos) te hacen unos gestos enormes “Quillo, Víbora, pasa, pasa y tómate una copita”.
Y claro, no vas a hacerles el feo, que ¡estamos en feria!, por lo que entras y sueltas: “una copita y nos vamos, que he quedao”. La copita siempre son unas 6 ó 7 con una ración de algo tieso con apariencia bien de calamares, bien de filetes, bien de pimientos (porque las palabras jamón, gambas, caña de lomo y queso desaparecen de tu vocabulario nada más ver los precios el primer día de feria).
Te habías citado con el compadre a las 10 y llegas a su caseta a la 12, pero el tío está allí, aguantando como un campeón, aunque agarrado a la barra con fuerza. Cuando os veis, os dais abrazos, besos, palmaditas en la cara y nuevos abrazos con un babeo mutuo de los cuellos de las camisas (que sabe como saladito y con regustillo a albero) y os decís eso de: "commbadrrre, qué poco noh vvvemo, gabrrón" . Entonces se oye nuevamente lo de “una copita y nos vamos que me ha llamado fulanón que están en la caseta de menganón”. Y tras 9 ó 10 copitas acompañadas de tortilla de papas (el compadre se porta como un rey) se inicia la búsqueda de la caseta de menganón situada en Pepe Luí nº 85.
Resulta que la dirección correcta era Chicuelo nº 12, pero en la de Pepe Luí 85 te has encontrado con tu primo, tu cuñao o la vecina del compadre y os habeis tomado “una copita”.
Son ya las 2'30 de la madrugada y la caseta de menganón está animadísima y entonces comienza la juerga flamenca que evoluciona así: sevillanas-rumbas-fandangos-soleás-sevillanas. Se bebe, se canta, se bebe, se baila, se bebe, se tocan las palmas, se bebe y, por supuesto, se bebe.
A eso de las 5:00, se pide uno un caldito (para calmar el estómago) y se le añade un chorrito de manzanilla (para darle saborcillo) y comienzas a despedirte porque mañana (en realidad hoy) hay que trabajar, a lo que cada uno del que te despides te dice: "una copita antes de irte, que ¡estamos en feria!". Lo que en total hacen unas 25 copitas más.
A las 6:00 sales de la caseta con intención de dirigirte a tu coche, pero la marea te lleva en todas direcciones y sin saber cómo terminas en la calle del infierno, frente a una tómbola y tu acompañante femenina, sea novia formal, ligue temporal, amiga o conocida de esa noche expresa en voz alta el deseo de un peluche, a lo que tú, que tu cerebro se desconectó del cuerpo hace horas, sacas la cartera y te pones a comprar boletos como loco. El peluchito, monísimo, te ha costado entre 800 y 1.500 € (en una tienda habrían sido unos 100) y en un flash de lucidez decides volver en taxi y que ya recogerás el coche mañana o cuando sea, ¡que para eso es feria!.
A las 7:00 estás en la cola de los taxis y pillas uno a las 7:45. A las 8:00 llegas a casa, te duchas (sin afeitarte por miedo al suicido por degüello con maquinilla de afeitar) y a las 8:15 coges un taxi hacia el trabajo, al que llegas a las 8:30. Media hora tarde, pero ¡estamos en feria!.
Se intenta trabajar algo, aparentar que está uno fresco como una rosa, dar ejemplo a los subordinados, y bloguear un ratito poniendo cara de concentración para hablar lo menos posible y así disimular la ronquera extrema.
A eso de las 12:30 te pasan la llamada de don Fulano de Tal y Cual:
- ¡Hombre Fulanito! ¿qué tal?
- Oye, que los colegas hemos quedado hoy para almorzar en la feria.
- Tío, es que aún no me he acostado y estoy muerto.
- ¿Ya te rindes?, desde luego estás mayor, ¡Pero si sólo es miércoles de feria!
- Bueeeeno, veeenga, a lo mejor me paso.
- A las 3 en mi caseta
- Pero yo salgo del curro a las 3.
- Y yo, pero ya iremos llegando ¡es feria!
Y volvemos a empezar. Así hasta el sábado que por fin puedes levantarte tarde (a eso de las 8 de la tarde) y el domingo a la 1 de la madrugada estás en la cama listo para trabajar (y recuperar parte del trabajo perdido) el lunes de resaca.
Ahora, es obligatorio que a cualquiera que te pregunte por la feria tienes que responder: ¡fantástico! ¡una juerga inmensa, pero no me quedé hasta muy tarde!.
Así que me lo paso de miedo, porque total ¡sólo es feria una semana al año!
En el próximo artículo os contaré cómo vive la feria un forastero. Que no tiene nada que ver con la mía.

La feria de Sevilla (I): Aproximación

4 siseos

Iba a contaros algo de la feria de Sevilla para aquellos que no la conozcais, pero me ha salido muy largo, por lo que lo iré haciendo por capítulos. Esta primera parte es una descripión general y en los próximos capítulos iré detallando algunos aspectos a destacar.
La feria de Sevilla se celebra en el Real de la Feria, que es un barrio que se construye cada año durante tres meses, se usa una semana y se desmonta durante otros seis meses (me extraña que siga habiendo paro en Sevilla).
Este barrio temporal tiene varias zonas claramente diferenciadas:
Las casetas, en las que todas las calles tienen nombre de torero sevillano, el suelo está hecho con albero y las casas son construcciones de tubos metálicos cubiertos por una lona y se llaman así, casetas. Las casetas son, en su inmensa mayoría, privadas. Es decir, o eres socio o ha de invitarte un socio para poder entrar. Es muy corriente ver a un sujeto en la puerta con cara desencajada y mirada de águila inane acechando el interior buscando a Paco para entrar a saludarlo, porque lleva tres horas dando vueltas por la feria, no encuentra a ningún amigo con caseta y está hasta los güevos de tragar albero.
La portada. Es un arco iluminado con miles de bombillas, que cada año representa un monumento distinto de la ciudad, aunque normalmente es una mezcla de varios y no se reconoce ninguno (dicen que lo que veis es la Giralda, ¿ein?). Es el lugar perfecto para quedar con el pesao de turno que no quieres ver ni en pintura, por lo que quedas con él a las 11 en la portada, dónde se va a encontrar a unas cien mil personas que han quedado y cuando te llame después de la feria contestas muy contrariado: “pues estuve buscándote hasta las 12, pero esta gente se iba y no te vi”. Por supuesto, por la portada tu ni te acercaste. Por ello, si alguien te cita entre las 10 y las 12 en la portada, desconfía.
La calle del infierno. En la que se ubican las atracciones como el circo, los “cacharritos”, los puestos de gofres y los trileros, tironeros y carteristas. Hasta los 15 años es el único lugar de la feria al que quieres ir, pero tus padres dan un rodeo enorme con tal de no acercarse. Entre los 15 y los 20 años no sales de allí para nada durante una semana (bueno si, se sale para buscar nueva financiación paterna). A partir de los 20 años no se vuelve hasta que te toca llevar a tus hijos, completando el ciclo del infierno.
Aquí también se encuentran las tómbolas, donde un peluche para contentar a la novia de turno te sale por sólo 1.500 € en papeletas, pero ¿le vamos a poner precio al amor?.
Servicios municipales complementarios entre los que destacan: los aparcamientos que se ubican exactamente “donde cristo perdió la gorra”; el puesto de la Cruz Roja (fundamental saber dónde está exactamente, por si las copas); la “caseta de los niños perdidos”, que no tiene nada que ver con Peter Pan, sino que es dónde vas a buscar a cualquiera que dijo ir a “combrar taffaco” hace tres horas, aunque tenga ya cincuenta años (si no estuviese ahí, mira en la Cruz Roja); el depósito de la grúa municipal que es donde preguntarás por tu coche si lo dejaste encima de una acera y crees que te lo han robado.
Barrio de Los Remedios. Es un barrio pijo en el que se ubica el Real y que durante una semana al año se convierte en el meadero más grande del mundo, pues cualquier esquina es buena para eliminar la manzanilla no asimilada por el cuerpo y el lugar pefecto para ir examinando el contenido estomacal de quien ha bebido más de lo que le permite su hígado.
Hasta aquí lo que es la feria. En el próximo capítulo contaremos qué se hace en la feria.